-Esto te
ayudará- me confesaste. O eso creí yo. Y lo probé. Tomé un trago y luego otro,
más largo, hasta que lo terminé todo. Sabía bien, más que eso, tenía un tono
dulzón y un ligero picor que se deslizaba por la lengua hasta llegar a la
garganta. Sí, podría decir que me gustó.
Pero como todo
en esta vida, no era gratis. Una delicia como esa no podía ser probada sin más.
Recordaba su aroma, su tacto en mi piel, su sabor novedoso… y lo deseaba, más y
más. No era yo, era su efecto que gobernaba en mí. Porque una vez probado, ya
nada me parecía suficiente. No era el que había sido y no me sentía yo mismo
sino en su exquisito universo. Y me rendí ante su fastuosa apariencia.
Pasó el tiempo. Mi mirada se
volvió oscura, mi tez verdosa, mi piel se endurecía, mi complexión era cada vez
más fuerte, más mi corazón se hacía pequeño. Ese era el precio que yo había de
pagar.Me parecía que mi boca aumentaba su tamaño, pues mi sed insaciable así lo requería. La gente me miraba con respeto. Y yo a ellos con desprecio. El mundo se
me hacía extraño y me propuse huir de él. Paseé por las calles, me deslicé con
sigilo hacia el campo, procurando evitar que alguien perturbara mi paz con su
presencia insolente.
Cuando ya atravesaba los muros de la ciudad, tropecé y me
mordí el labio… sssssh sssshhabía como aquel brebaje que probé una vez, hace ya
mucho tiempo. Vvvvvvendeta, me dijeron que sssshe llamaba, vvvvvenganza, vvvvv vvveneno.
>>Y
así es como fue, que nunca más pudo levantarse, que el peso de su orgullo pudo
más que él y le obligó a arrastrarse por el resto de su vida. Y lo que en un
principio se mostraba apetecible terminó revelándose tal cual era:
ponzoña<<
