domingo, 29 de enero de 2012

Sueños inquietos

Empecé a soñar, entre brumas y humaredas. Me detuve a comprobar cada instante, cada palabra, cada mirada. Todo tenía que ser perfecto, pues así son los sueños. Veía los paisajes y veía tu cara difuminada sobre ellos, pero yo quería verla como si te tuviese enfrente. Y apreté los ojos con fuerza para verte mejor, como si se tratara de un monóculo que hay que sujetar bien y concentrarse para poder ver a través de él con toda claridad.

Cuando  todo empezaba a fusionarse: paisaje, sábanas, atardeceres y mi pijama; tuve miedo de que desaparecieras y me hice la dormida. Esperaba que la luna se apiadara de mí y traté de ignorar la caricia del sol. Así, al final lo conseguí. Volví a soñar. Pero entonces no era yo quién soñaba sino el sueño quién me soñaba a mí. Yo era su esclava y él me manejaba a su antojo. Me perdí en un laberinto donde ya no era capaz de encontrarte. Corría y corría, pero tú no estabas allí. Hasta que al final te encontré. Y ya no sé si eras tú o la copia barata que se inventó la luna en horas tardías. El paisaje había perdido su magia. Y hasta las caricias raspaban la piel. El viento ya no me acercaba a ti, sino que trataba de separarnos, como si fuera el mensajero de la luz, como si supiera que todo había de terminar y el sitio más seguro era la realidad.

No sé si lo he dicho, pero soy muy testaruda, absurdamente testaruda. Y aunque fuera sólo por eso, decidí ignorar la llamada del viento. Quise bucear en tus ojos oscuros y encontrar la verdad, descubrir ese momento que era nuestro, que lo había sido, y aunque fuera sólo por un instante, volver a disfrutarlo de nuevo.

Al final lo conseguí, o puede que fuera el malévolo sentido del humor que tienen los sueños. Sólo sé que cuando llegué hasta ti, cuando tú llegaste hasta mí… los dos nos evaporamos. Y me desperté, ya no había vuelta atrás. Me desperté con esa sensación que dejan los sueños de malsana esperanza, porque ya no sabía si debía esperarte a ti o a aquél que había de venir.


                                   

viernes, 27 de enero de 2012

Un espejo, un vestido y una sonrisa

Se miró al espejo y tan sólo vio a una mujer de 72 años con una mueca vacía, porque se había dejado la dentadura en el cajón de la mesilla. Sin embargo, apretó los dientes (perdón, las encías) y volvió a mirar a aquel armatoste de los años 20, herencia de su madre. Se atusó el pelo y vio que no estaba tan mal. Mirándose así de lado… al menos el pecho seguía estando en su sitio. El ejercicio y la ausencia de prole le habían servido de algo.

Entonces se puso el chándal (ese que tanto aborrecía en su juventud) y comenzó a hacerse el desayuno. Mientras el microondas daba vueltas y vueltas, empezó a preguntarse acerca de la vida, de lo irónica que era. Al igual que la taza de café, ella se había pasado sus 72 años dando vueltas, para llegar al mismo sitio donde comenzó: la casa de sus padres.

Sacó el café y mientras se lo tomaba acompañado de un cruasán (en un día como ese se merecía un capricho), tomó una determinación.

Se fue a la bañera, y allí se relajó con las sales que le había regalado el vecino del 5º. Olían muy bien, ciertamente, pero no las compartiría con él, como a ese viejo verde le hubiese gustado. Veinte minutos más tarde, salió, fue al armario y escogió el vestido azul, aquél que le gustaba tanto, que conservaba durante más de 20 años. Se lo puso y voilà! le sentaba como un guante. Bueno… quizás fuera excesivo… Pero no, en un día así no.

Terminó de arreglarse el pelo y se dirigió al salón. Echó una mirada nostálgica a los marcos que invadían la habitación y apagó la radio. Cogió el bolso y lo revisó: llaves, carmín, monedero… sí, estaba todo. Entonces salió a la calle, volvió una última vez la vista atrás, sonrió y se marchó.


martes, 24 de enero de 2012

Sentado a tu lado


Ayer paseabas por la orilla. Te sentaste en el banco al que le falta un listón, justo en la esquina opuesta al lugar donde le viste por primera vez, en la esquina donde soñaste conmigo. Y sin más, empezaste a hablar con los patos del estanque. Les contaste que les envidiabas, que quisieras nadar en invierno y poder volar, aunque fuera un poquito, sólo un salto, que te llevara más cerca del cielo.

 Después, sacaste tu libreta, esa especie de diario que siempre llevas contigo, lleno de dibujos, de letras de canciones y algún que otro borrón; pero sobretodo llena de recuerdos. Te pusiste a ojearla y paraste en aquella página que ya casi ni se ve, un boceto antiguo, ahora irreconocible. De repente, nuevamente, una lágrima empezó a recorrer tu mejilla. ¿Por qué no arrancas esa hoja? Ya ni se ve el dibujo, sólo queda el carboncillo, con el que te torturas, con el que has rellenado tu corazón. Desde aquella noche oscura, en que me entregaste tu alma.

Mientras, yo te miraba. No era el chico aquel que te guiñó el ojo al pasar, ni tampoco la señora que se dedicaba a dar de comer a los patos. No, sólo era yo, tu pequeño, el que siempre te escucha, el que comparte tus secretos, tu mayor secreto. Traté de secarte las lágrimas, pero la distancia, el tiempo, el espacio y mi fragilidad, me lo impidieron. Sólo quiero que sepas que siempre estoy y siempre estaré aquí, sentado a tu lado.


lunes, 16 de enero de 2012

Como una aguja en un pajar

      Nos pasamos la vida llenando huecos, al igual que las abejas llenan sus panales de miel. Sin embargo, nosotros, no utilizamos miel para llenar esos espacios, sino palabras, unas veces endulzadas y otras no tanto. Nos pasamos el día tratando de llenar los silencios. Parece que no tuviésemos otra cosa mejor que hacer. Si no hablamos con alguien, escribimos; si no, leemos; o si no, pensamos. El caso es no dejar espacios en blanco. Es como si nuestra vida fuese una pantalla negra de ordenador y para hacerla funcionar tuviésemos que llenarla de toda clase de símbolos, cuyo significado se nos escapa a la mayoría y realmente ni siquiera nos interesan, pero sin cuya existencia no podemos vivir.


      De igual modo pasamos el rato llenando nuestra existencia de cosas. Tenemos la absurda necesidad de realizar actividades en todo momento: leer, estudiar, ver una película, hablar (nuevamente, las palabras!), practicar deporte, convivir, enamorarnos... incluso cantar!! aunque nuestra voz sea tan horrible que consiga hacer llorar a las ranas, da igual, el caso es hacer algo. Creemos que si nos paramos, aunque sea por un instante; o mejor dicho, que si sentimos la necesidad de no hacer nada con nuestra vida, esta será un fracaso. Seremos unos maulas, unos seres sin sentido. Pero ¿cuál es el sinsentido? 


      Quizás el sinsentido sea pasarse la vida enredándose entre las ramas, sin llegar a lo que verdaderamente importa. Andar de allá para acá, sin preguntarse qué es lo que realmente queremos. Lo absurdo es hablar de tal modo que no consigamos que nadie nos entienda, tan sólo porque es "lo apropiado", en lugar de utilizar la sencillez y de ir al grano. Porque a veces toda esa disertación hace que te pierdas en los márgenes sin llegar al fondo. Es como ese barco que se dedica a la navegación de cabotaje, sin alejarse nunca de la costa, sin avanzar hacia la profundidad del mar. 


      Y al final, después de tanta especulación, la pregunta es: ¿cuál es la razón de nuestra vida? ¿qué es lo esencial? ¿es realmente importante detenerse a pensar en "el quid del asunto"? es más, ¿es posible encontrar aquello que de verdad nos llena, que consigue hacer rebosar el panal de nuestra vida? Como la aguja en un pajar, esa que deslumbra entre las demás pajas y a la vez se esconde entre ellas, cuyo descubrimiento nos llenará de emoción, porque nos ha costado esfuerzo, porque suponía la culminación de nuestro objetivo. Y sin embargo, ¿realmente merece la pena dedicarse a buscar esa aguja? que quizás no sea más que el argumento descabellado de una frase hecha. ¿No sería mejor tumbarse encima de la paja y dedicarse a disertar?